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Licor de guinda

Guinda

Una de las cosas que definen un hogar auténticamente ferrolano es la producción propia de licor de guinda.

Cuando regresé a vivir a Ferrol tardé pocos meses en alquilar una casa en el barrio de Canido, situado en la cima del monte que le da nombre, a setenta metros sobre el nivel de mar y a cuatrocientos de la costa. En esas exactas coordenadas se dan los niveles de oxígeno, salinidad y humedad que unidos al clima atlántico suavizado por una abrigada bahía son imprescindibles para la óptima maduración del licor.

Poco tiempo después compré unas garrafas de cristal de boca ancha. Lo más difícil fue conseguir las guindas, pues a la alta demanda y la escasa producción se le añade que solo están de temporada durante un par de semanas de junio. El primer año no tuve suerte ni tampoco la voluntad de levantarme a las siete de la mañana para rastrear los puestos de fruta de la plaza (el mercado central). Para colmo de desgracias, el guindo que me iba a proveer de algunos kilos fue asaltado con nocturnidad por unos desalmados pájaros (probablemente de dos piernas) que lo dejaron pelado.

El segundo año, ayudado por la experiencia de mi madre y la perseverancia de mi santa, me hice con cinco gloriosos kilos de guindas de la mejor calidad que mezclados con diez litros de caña de holanda, cinco kilos de azúcar y unas cuantas ramas de canela han estado un año macerando en una enorme garrafa. Durante este tiempo, sobre todo a partir de los seis primeros meses, han sido necesarias varias catas técnicas con los amigos para valorar la evolución del elixir (fueron sacrificados unos cuatro litros).

Ahora, la nueva temporada de guindas dicta la necesidad de vaciar la garrafa y embotellar el licor que ya atesora un año de solera.

El resultado de todo ese esfuerzo se ha materializado en ocho gloriosas botellas de licor de guinda que lucen orgullosas en el estante de los licores.